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Un tiempo para aprender casi todo


Miguel Ángel Murcia dice que durante

la pandemia ha “aprendido casi todo”. Ha aprendido a estar en familia, a estar en comunidad, a amar a los amigos y “al vecino de al frente y

al de al lado”.


Y sobre todo, como tantos otros

colombianos, ha aprendido a extrañar.


¿Qué extraña? “Ir al colegio y viajar”, dice. “Cuando no estaba la pandemia, no viajaba mucho, pero sí viajaba a Boyacá. A Ramiriquí, a visitar a mi abuelo y a unas tías. Eso lo extraño mucho”.


Su hermano Cristian Smith Buitrago, de 18 años, ha extrañado el fútbol. Jugar con su hermano, él a meter goles y Miguel Ángel, tres años menor, a taparlos. “Mi hermano es zurdo, y yo de los dos”, dice.


Sin la posibilidad de viajar, ni de jugar fútbol, ni de ir al colegio ni de asistir a las actividades de Best Buddies, el mundo de Christian y Miguel Ángel se ha reducido a un apartamento arrendado de dos cuartos y a la compañía de su mamá, Nidia, su

abuela Anacelia y su tío Gilberto.


Su espacio físico se ha hecho tan pequeño como grande su imaginación. Los dos sueñan con ir un día a Argentina y conocer a Messi, y si eso es soñar demasiado, entonces a Falcao. “Yo quiero viajar y conocer más personas, y amigos y todo”, dice Miguel Ángel. Quizás, irse a Barcelona. Cristian Smith quiere aprender idiomas, conocer otros países.


En eso han pensado en esta pandemia, mientras hacen las tareas que les mandan los profesores del colegio por WhatsApp. Su mamá va a una papelería que queda cerca, imprime las guías para que las completen, y luego, nuevamente, las devuelve al colegio por celular. Las profesoras de los Amigos del Alma los ayudan por teléfono con las actividades. Y el resto del tiempo, pintan. Nidia siente que el covid le ha permitido compartir más con sus hijos. Antes salía temprano a trabajar

como empleada doméstica, y cuidar el niño de la señora, y también apoyaba a la abuela en un puesto de arepas, chunchullo y mazorca cerca del INEM de Kennedy.


Pero apenas empezaron las cuarentenas, la señora se quedó sin empleo, y Nidia sin trabajo. Anacelia, de 72 años, tampoco podía estar en la calle. Así, de un día para otro, los ingresos de la familia se esfumaron. No eran muchos, pero después no eran nada. Afortunadamente, Gilberto trabajaba como cotero en Abastos y conseguía comida regalada para cada día.


La situación ha mejorado para todos desde que se levantaron las restricciones. Anacelia y Nidia están vendiendo ahora empanadas los viernes y sábados. Y Cristian y Miguel Ángel han vuelto a una cancha, a dos cuadras de la casa, a jugar fútbol.


En todo caso, ha sido un año de muchas pérdidas. Lo que era precario, es aún más frágil. Pero no Cristian Smith y Miguel Ángel. A ellos, la pandemia los ha hecho más fuertes.


Texto de Juanita León

Fotografía de David Micolta


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